domingo, 16 de agosto de 2026

Relato de mi segundo parto: Nacimiento de Malkia

“Se acercaba la fecha final del embarazo, querías aprovechar el tiempo al máximo dentro de mí… y yo lo agradecía. Saboreando durante días esa introspección mental para entrar en el planeta parto… cada contracción de Braxton Hicks me recordaba que estábamos en el camino. A pesar del calor de mediados de Junio y de la intensa rutina diaria con el final de curso de tu hermana persiguiéndonos a todas horas, conseguía pequeños micromomentos para conectar contigo a solas.


Confiaba en que el inicio de parto fuera espontáneo y en casa y visualizaba poder intentar parto vaginal tras aquella cesárea… tranquila pero realista, con la mente abierta a todo lo que pudiese pasar. Teníamos cita el 17 de Junio para monitores y un par de días antes te manifesté jugando con mis cartas y mi oráculo… con confianza, soltando el control… y me escuchaste.”


Empezamos nuestro baile de contracciones la madrugada del 16… y me haces feliz. Solo con poder sentirte llamando a la puerta al otro lado de la piel por ti misma, cuando tú lo has decidido, me doy por satisfecha. Agradezco cada contracción, respirando con calma. Son muy sutiles al principio, espaciadas. Intensas en la parte anterior del pubis y suelo pélvico; me empujan a ponerme boca abajo o de pie. Sigo a mi cuerpo… tumbada de lado no las tolero, y salgo de la cama cada vez que se acerca otra para moverme. Voy al baño varias veces y sobre las 6:30h veo el tapón mucoso, claro y con hebras de sangre rosada, mostrando que el cuello del útero se está borrando… Mi cuerpo sabe hacerlo… confío…


Sale el sol, y aunque quiero seguir en mi planeta parto, la vida continúa. Tenemos que preparar a tu hermana para ir al cole, y aunque es papá quien se encarga de llevarla, nos hace ilusión desayunar juntas. Disfruto contándole a Makenna que ya estás en camino, que pronto te conoceremos. Le explico lo que siento cada vez que llega una contracción y me ve levantarme y bailar por la cocina… reímos juntas y me acompaña en mi movimiento y mis sonidos. Hemos hablado de este momento y leído cuentos; me gusta que normalice el proceso. Aparece un sentimiento contradictorio al despedirme de ella… será nuestro último desayuno siendo “sólo las dos”… mi niña mayor… Se va contenta al cole sabiendo que luego la recogerán los abuelos, y se despide con un abrazo que sabe a gloria y un tierno beso en la barriga para tí, su hermanita.


Ahora sí, te dedico todo el tiempo que te mereces a ti. Vela bonita, humidificador con lavanda, infusión, movimiento consciente en la fitball y en la colchoneta, ducha de agua caliente y me das tregua. Así que me pongo a hacer la comida y continúo escuchando música de parto, meditaciones suaves… Disfruto de verdad cada ola, cada contracción intensa, respiro, me muevo, vibro con la voz, muevo la mandíbula, muevo la pelvis… y sea como sea el resto del camino, agradezco de corazón nuestro precioso comienzo. Gracias Malkia, ¡somos un equipo!

Poco a poco, todo se ralentiza; en lugar de avanzar, las olas aparecen cada vez más espaciadas, cada 10 o 15 minutos… aprovecho para descansar. Te sigo sintiendo y te mueves como siempre, no hay datos de alarma, así que estoy tranquila. Aprovechamos papá y yo para disfrutar nuestras últimas horas tranquilos, vemos una serie en el sofá, cenamos, tomamos de postre un helado… :) y entra la noche de nuevo. Dudo sobre qué hacer. Quiero evitar acudir al hospital antes de tiempo mientras me siento bien y con fuerzas. Las contracciones siguen durante la noche, pero con poco ritmo, 2 o 3 cada hora; apenas puedo descansar, pero estoy tranquila ya que por la mañana tenemos programada la cita de monitores… Aguanto. 

Y amanece; sigo igual, contracciones de nuevo un poco más seguidas, 7 min- 5 min - 8 min… pero nada regulares. Llega la hora y vamos en taxi (conductor muy majo) con la bolsa confiando en que será el día. Decido pasarme por la Urgencia directamente, ya que son 24 horas de pródromos en casa… y así estar en los monitores acompañada. Esta vez elegí el Hospital 12 de Octubre. 

Pasamos al triaje mi marido y yo (cuánto se agradece) y llega el veredicto que esta vez sí, me pone nerviosa: “1 cm. No estás de parto aún” Pasamos a monitores durante un par de horas, siempre acompañada. El dolor de las contracciones se hace más intenso, y necesito moverme en la camilla cada vez más. No puedo evitar recordar aquellos momentos vividos hace casi 4 años, tan similares pero tan distintos a la vez. Salimos a la sala de espera unos minutos hasta que nos llama la ginecóloga. Seguimos de 1 cm… y el monitor tiene poca variabilidad… no es alarmante pero deciden dejarme ingresada y comenzar con inducción para acelerar el proceso ya que cumplimos 41 semanas. Acepto encantada porque no me veo con fuerzas de volver a casa. Son las 12h del medio día; me ponen el balón de cook para dilatar el cuello del útero de forma mecánica (sin hormonas por haber tenido cesárea previa) un máximo de 6 horas. Sigo confiando en poder llegar al parto vaginal. 


Pasamos a un paritorio estupendo y amplio, y nos recibe una matrona encantadora, Miriam, y su residente de segundo año, Iván, a los que estaré eternamente agradecida, por su trato, su profesionalidad y sus muestras de cariño constantes durante el proceso. 

Tengo a mi disposición todos los instrumentos posibles “barras, lianas, pelotas…” pero los dolores son tan intensos con “ese balón dentro colgando”, que no encuentro la postura cómoda. Me molestan las vías y tengo dolor en ambos brazos (la del brazo izquierdo se rompió y el hematoma residual es incómodo para sujetarme en las lianas) Me tiemblan las piernas incluso para ir al baño. Se aceleran las contracciones y el dolor se hace insoportable; tan solo me calma que papá me sostenga por detrás y dejarme caer; lo paso mal, me siento incapaz; aparece un llanto lábil que intento contener parcialmente y siento miedo, angustia de no poder más… y miedo real por mí físicamente. No quiero pensar en negativo pero es inevitable que aparezcan pensamientos sobre mi cicatriz de la cesárea previa sufriendo esas contracciones. Necesito analgesia pero con el balón me dicen que no es posible… y no puedo aguantar más. Tras 3 horas largas, pido por favor la epidural y que me quiten el balón que me está partiendo por dentro… Asombrosamente, mientras Iván me explica dulcemente que irá deshinchando el balón poco a poco, le digo que se me está saliendo solo, y cae al suelo semejante estructura con “dos bolsas hinchadas como unas bolas chinas”. -Si ha salido solo, es buena señal, porque has dilatado seguro- me dice. Efectivamente, ha hecho efecto, estoy de 3 cm.


Avisan a anestesia y me ponen la maravillosa “walking epidural” (aunque costó un par de intentos, no lo recuerdo con temor sino con ilusión) con la que, tras descansar un poco, pude empezar a disfrutar del proceso de forma real, usando todos los instrumentos de la sala con conciencia. Movimiento libre, ejercicios asimétricos en la pelota de pilates, lenteja en cama sentada… Y empezamos con dosis bajas de oxitocina que irían subiendo poco a poco según el protocolo. 

A las 18h me piden permiso educadamente para romper la bolsa, con una humanidad que roza la perfección. Por supuesto accedo. Lo intenta Iván sin éxito en un par de ocasiones; finalmente lo hace Miriam. Qué increíble cómo el simple hecho de pedir permiso, de mirar a los ojos, de tranquilizar y explicar el procedimiento, puede cambiar tanto la percepción de un mismo hecho (inevitablemente comparo de nuevo, recordando cómo fue la rotura de bolsa de mi mayor, lo vulnerable que me sentí, la rabia que nació en mí por ese maltrato…) y agradezco así mucho más lo que estoy viviendo esta vez.   


Continuo mi viaje de movimiento, cambios de postura, haciendo todo lo posible para continuar el proceso. Las contracciones se hacen más intensas, al principio tras la epidural las siento sin molestias, pero luego vuelven a doler bastante. Me recuerdan con cariño que no pase dolor, que la dosis de epidural está controlada y puedo darme bolos extras cada media hora, y así lo hago. Llega la noche, 21:30h y me noto agotada. Estoy cansada, llevo casi 48 horas de trabajo de parto y apenas descanso. Me exploran y me dan una dosis de alegría al decirme que estoy de 4-5 cm, poco a poco va progresando. Me ofrecen cambiar a epidural convencional para descansar del todo, y como si siguiera el consejo de alguien familiar que me quiere, acepto y lo agradezco porque descanso y consigo dormir un poco. La matrona sigue optimista, me cambia de postura, me pone “el cacahuete” para crear asimetría entre las piernas… Me tranquiliza verla segura de sí misma, con optimismo mostrando las opciones que quedan, pero sé que las opciones se acaban… y por un lado, inconscientemente tengo ganas de que acabe. No quiero verbalizarlo, no quiero rendirme, pero llegado este momento pienso que no quiero prolongarlo más… quizá el parto vaginal no es para mí.


A las 23h aparece el ginecólogo por primera vez, se presenta, educado, me explora… 4 cm. Y comenta con la matrona la postura de la niña: “transversa izquierda… caput en fontanela anterior” Se muestra tranquilo, y dice que volverá en un rato… pero sé que el final está cerca. Parece que se repetirá mi historia… 

A las 00.20h vuelve con otras ginecólogas, y me piden permiso de nuevo para explorar. Debe ser una postura “rara” y les viene bien para aprender. No me importa, sonrío y les digo que por supuesto. Estoy igual, 4 cm. Y por fin, me dice las palabras que estaba esperando pero de un modo totalmente distinto. Me explica con mucha tranquilidad que llegado el momento, por los antecedentes y dado que el cuello está cada vez más edematoso y no parece avanzar; es prudente hacer una cesárea. “No es una emergencia, te van a aumentar la anestesia, a poner antibióticos e iremos a quirófano sin prisa, con tu marido presente” Siento alivio. Por un lado, aparece un pequeño sentimiento de culpa por alegrarme de la cesárea en lugar de estar triste por no haber conseguido el parto vaginal soñado…pero realmente lo sentí así. No era un fracaso, era una luz. Lo intenté todo durante 48 horas y no fue posible; estaba satisfecha. Y así, con calma, sin prisa, sin miedo, fuimos a quirófano. De nuevo en una sala fría, desnuda, vulnerable, sin mis gafas, traspaso de camillas y brazos en cruz… Ya me lo sé. Pero esta vez estoy acompañada y eso me reconforta. Mi marido vestido de verde, colocado detrás de mí acariciándome la frente. Es tan distinto esta vez.


Malkia nace exactamente a la 1:00h del 18 de Junio de 2026, con un llanto fuerte, trayendo toda la paz del mundo y sanando profundamente mi anterior herida. Esta vez sí, pinzamiento tardío del cordón tras 1 minuto, y piel con piel conmigo mientras la sujeta papá… Nuestra niña nos mira profundamente con unos ojos enormes, abiertos, con una mirada penetrante como su hermana hizo en su día. Y como un regalo que me acaricia el alma, me desatan el brazo derecho, el de la tensión -“Cuando se hinche el manguito intenta mantener el brazo quieto y ya está, puedes tocar a tu niña”- y me permiten abrazarla y tocarla. Es quizá el detalle que más me remueve a día de hoy, por la gratitud que brotó en mi interior, ese pequeño gesto que para mí significó tanto y que recordaré eternamente… Gracias de corazón.


Mientras disfrutaba de esos instantes inolvidables, empecé a sentir como manipulaban mi abdomen y un dolor cada vez más desagradable me incomodaba. Dudé tan solo unos segundos si aguantar porque no quería separarme de mi niña, pero no pude con la intensidad y les dije que sentía mucho dolor… “Entonces te sedaremos un poco, ellos tienen que salir, luego volverán contigo” Sentí un pellizco en el corazón por tener que separarme de ellos finalmente a pesar de que todo había salido bien, pero sabía que era necesario, y sería poco tiempo.

Recuerdo cerrar los ojos y abrirlos pronto; me llevan a la URPA, una sala individual en la que enfermería me acomoda y me toma las constantes. Les pregunto por mi bebé y mi marido, me dicen que vendrán enseguida. Fueron los 5 o 10 minutos más largos de mi vida… o quizá fueron más, no lo sé; se me hizo eterno. En ese tiempo llamé en dos ocasiones más y les insistí en que me trajeran a mi bebé; me repiten que les trae un celador desde Neonatología, que están en camino… No les creo, y crece en mí una desesperación e impotencia que me hierve la sangre, quiero echar a correr, quiero gritar, pero solo puedo llorar. No puedo respirar ni estar en calma, no quiero estar sola ni un segundo más, revivo una y otra vez los sentimientos de mi cesárea previa sola, recuerdo el dolor, la rabia, noto como aumenta mi frecuencia cardiaca y me doy cuenta, sé que mi sistema nervioso está en modo lucha a punto de colapsar y no puedo parar de llorar… hasta que aparecen, mi niña en brazos de su papá. Luz verde. No mentían. Aquí están en la URPA conmigo.


Por fin tengo a Malkia piel con piel encima mía, y se engancha al pecho como si hubiese estado esperándome todo este tiempo; juntas por fin. Mi reina.

Sobre las 5 am nos suben a planta, habitación E817; voy en la cama todo el trayecto con mi niña encima, sin separarme nunca más.

……

La vivencia en planta da para otro relato. El postparto inmediato ha sido asombrosamente bueno; he tenido una recuperación rápida, con fuerza desde el primer momento, con energía, adaptándome rápidamente a las circunstancias que se han ido dando de forma positiva. Me he sentido segura, presente, tranquila, más sabia… Me siento satisfecha conmigo misma. Agradecida.  


En 2022 puse una reclamación por la atención recibida durante mi primer parto. 

Hoy, en 2026, he puesto un agradecimiento. 

Muchas veces damos por hecho que cuando algo va bien “es lo normal”, y no lo miramos con la gratitud que merece. Después de haber vivido dos experiencias tan distintas, siento aún más la necesidad de dejar constancia de lo que significa que alguien te trate con respeto, con cariño, con humanidad. Porque lo bueno también merece ser nombrado. Lo bueno también merece ser agradecido. 


¿Cómo reclamar o poner agradecimientos? 


Gracias Malkia, mi Reina, por llegar con tanta paz. Por traer serenidad donde antes había ruido. Por darme fuerza, gratitud y una forma nueva de mirar la vida. Gracias por sanar mi herida, por mostrarme que la historia podría escribirse de otra manera. Contigo me descubro más segura de mi misma, más capaz, más yo. Me ayudas a soltar miedos, a derribar barreras, a crecer sin prisa. A ser una mamá que se está encontrando de nuevo. 

Sé que a veces no puedo darte todo el tiempo que quisiera, que no siempre llego tan rápido como me gustaría y mis brazos no siempre están libres para tí. Perdona mis tiempos, mis carreras, mis intentos. Estoy aprendiendo a ser mamá de dos, a estar sin dividirme, a no fallaros. Prometo hacerlo lo mejor que pueda cada día, caminar contigo siempre con todo mi amor. Gracias por llegar a mi vida como una reparación suave, por hacerme nueva sin exigencias, solo con tu presencia que abraza. Sigue sonriendo cada día como lo haces, mi pequeña luz sanadora. Te quiero, desde ese lugar nuevo que tú has despertado en mí.